Apuntes sobre la figura del diablo en la Edad Moderna.

Hola a todos:

Tras visitarla figura del diablo en la Edad Media proseguimos nuestro viaje, atendiendo a su evolución en la Edad Moderna. Reitero que este tema es casi inabarcable y que lo que se ofrece aquí es una breve introducción divulgativa, fruto de las muchas lecturas de este que os escribe. Vuelvo a ofreceros la bibliografía que ya se aloja en nuestra página. Comencemos pues.

En la Edad Moderna se conjugaron una serie de hechos políticos y naturales de enorme importancia, que llevaron a gran parte del continente europeo a una psicosis. Para muchos era evidente que se estaba llevando a cabo un ataque coordinando contra la cristiandad

Los acontecimientos históricos que llevaron a esta psicosis son muy variados. El cisma religioso provocado por el luteranismo no podía sino ser obra del demonio, y las acusaciones cruzadas de ser agentes satánicos entre ambas confesiones fueron constantes. 

Los europeos se sumieron en guerras constantes y en un desasosiego espiritual donde el sentimiento de culpabilidad interna, el pecado, es insoportable para muchos, sobre todo en el ámbito luterano, donde no tienen ni el consuelo de la confesión. 

Propaganda luterana donde se muestra al Papa sometido al diablo. Fuente: Mistérica.

Es más necesario que nunca demonizar al enemigo para reafirmar la salvación de nuestra alma, al haber escogido la confesión correcta. La imprenta hace llegar tales mensajes a una cantidad de gente y popularizaron los manuales de demonología, antes circunscritos solo a los teólogos. 

A ello debemos unir el descubrimiento de América, que fue una gran sorpresa para Europa. El viejo continente constató con horror que el imperio de Satán era mucho más amplio de lo imaginado (Delemeau:317).

A este nuevo enemigo encontrado se unen los agentes diabólicos ya conocidos, como judíos o musulmanes; pero, sin lugar a dudas, la gran protagonista de tan dudoso honor fue la mujer, acusada de brujería.

La psicosis se materializa en el fenómeno histórico conocido como Caza de brujas, donde los exorcismos públicos, exclusivos del catolicismo, compiten en vistosidad y sobreactuación (Minois:96) con los grandes procesos y ejecuciones comunes a todos no exentos, en ocasiones, de implicaciones políticas  y económicas . 

Precisamente, sería esta sobreactuación lo que poco a poco hará que las elites comiencen a preguntarse por la realidad de la brujería y la omnipresencia del Diablo en el mundo. El escepticismo comenzaba inexorablemente a ganar terreno, mientras que la iglesia comenzó a rebajar su discurso y a volverse mucho más prudente a la hora de afirmar la acción real del Diablo en el mundo, sin que por ello negara su existencia. 

En cuanto a la iconografía de Satán en la Edad Moderna, esta se verá marcada por el manual de demonología más influyente, el Malleus Maleficarum (1486) de Jakob Sprenger y Heinrich Institoris, que refuerza el vínculo ya anunciado en la Edad Media de fealdad con todo lo referente a lo satánico. El diablo moderno hereda los conceptos diabólicos medievales, a los que da una coherencia, relieve y difusión nunca vistos por la situación que venimos comentando.

Fuente: Pinterest.
Las ya de por sí aterradoras representaciones medievales se verán reforzadas con influencias llegadas de Oriente (Delemeau: 294). El arte, sobre todo a partir de 1570, multiplicó las representaciones aterradoras del Diablo, al que continuó asociando a la muerte y a la sexualidad.  

En el Renacimiento el Diablo también se convierte en símbolo de neurosis (Minois:61), como refleja el pincel de El Bosco, así como de melancolía. De igual manera podemos encontrar  representaciones de la belleza satánica en obras como la de Domenico Beccafumi Caída de los ángeles rebeldes (1540) o La caída de Lucifer (1554-1556) de Lorenzo Lotto, que podéis ver en la parte derecha.

De manera paralela a su caída como artefacto teológico, el diablo irá ganando enteros como mito literario secularizado en la escena inglesa (Minois:112), siendo La trágica historia del doctor Fausto (1604), de Christopher Marlowe el ejemplo más notorio de ello. Como afirma Muchembled (240), para que el diablo se convirtiera en un tema literario era necesario dudar de su existencia, y, aunque con ello se multiplicó su simbolismo, a la vez se debilitó su poder unificador del mito, que estalló en mil fragmentos.

Ilustración de Gustave Doré para 
 El paraíso perdido de Milton. Fuente: Wikipedia.
El camino literario del diablo se inicia sin que sus protagonistas se apercibieran de ello en los manuales de demonología; en las Charlas de sobremesa de Lutero, en los famosos Teufelsbücher de los pastores luteranos o en los relatos de enfrentamientos con Satán de los místicos (Minois:112). 

La obra que lanza de una manera definitiva al diablo a la cima de la literatura se debe al puritano John Milton y su obra El Paraíso Perdido (1667), donde se nos presenta a un Luzbel apolíneo, seductor, noble, independiente, orgulloso y a la vez melancólico intelectualmente, que se enfrenta a un Dios distante y caprichoso. 

De esta manera, el diablo dejaba la Teología para comenzar su andadura como personaje literario primero y actor cinematográfico después. La imagen unitaria del diablo sostenida a duras penas por la iglesia estallaba en un crisol de representaciones del mal; ficción superada para los materialistas, mito literario para los prerrománticos, modelo para los epicúreos y rebelde indomable para otros (Minois:114).

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